La política en la actualidad es una actividad demeritada ante los ojos de los ciudadanos, quienes no encuentran en muchos de sus actores la característica que el sentido común indica para quien dice servirlos: resolver los problemas de la comunidad y dar resultados.
Sin pretender poner el dedo en la llaga, sino tratando de orientar la energía ciudadana que hoy levanta su voz en este tema, quiero compartir tres posiciones contenidas en nuestra Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que me parecen centrales para ubicar la definición del Estado mexicano en relación con el servicio público.
La primera de ellas y creo la más importante, deriva del contenido de su artículo 39, que establece que: “….Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste…..”
La segunda está consagrada en su artículo 40: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, federal, compuesta de estados libres y soberanos…..”
La tercera se establece en su artículo 41: “El pueblo ejerce su soberanía por medio de los poderes de la unión, en los casos de competencia de éstos, y por los de los estados, en lo que toca a sus regímenes interiores…….”
Los ciudadanos tienen razón cuando esperan resultados de la actividad política especialmente de los servidores públicos, ya que nuestra constitución, como se desprende de los dispositivos citados, condiciona la representación del poder público de todos los poderes, ejecutivo, legislativo y judicial tanto federales como locales, a la realización de acciones para beneficio de quien les otorgó ese mandato: el pueblo mexicano.
Es decir, todo funcionario en ejercicio del poder público, debe además de apegarse en su actuación a las leyes de la materia, beneficiar con resultados concretos a quienes sirve.
Contrariamente a esto, tenemos Ministerios Públicos que no investigan, Policías que en muchos de los casos no nos brindan seguridad, Contralorías que no practican verdaderas revisiones, Maestros que no están capacitados para la enseñanza, Jueces que no administran justicia, legisladores que no generan las leyes que requerimos o no adecúan aquellas declaradas anticonstitucionales, etc., etc..
Lo más grave es quizás que ya nos hemos “acostumbrado” a que así sean las cosas.
Por ello, me parece de suma importancia que avancemos como país hacia un sistema efectivo de evaluación de las instituciones, de costo-beneficio y de una verdadera rendición de cuentas que permita objetivamente, medir los beneficios que recibimos de ellas.
Esto permitiría establecer metas para mejorar a mediano y largo plazo en temas fundamentales como lo son, por citar algunos, la educación y la justicia, ya que es de todos sabido que mantenemos con nuestros impuestos, a muy alto costo y de manera bizarra, una educación básica de baja calidad y una impunidad del 98%, y que, sorprendentemente hay pocos funcionarios públicos urgidos a remontar estos lastres sociales que a todas luces detienen el desarrollo de nuestro país.
Insisto, hoy requerimos en México impulsar un sistema legal de evaluación y rendición de cuentas de las instituciones, que brinde a nuestro sistema político una herramienta objetiva para el cumplimiento de sus fines fundamentales y para la toma responsable de decisiones. Y tú, ¿qué opinas?
http://impreso.milenio.com/node/8673510
domingo, 15 de noviembre de 2009
jueves, 22 de octubre de 2009
El derecho al voto femenino y ¿el deber?
No cabe duda que la reforma a los artículos 34 y 115 de nuestra Constitución, publicada en el Diario oficial de la Federación el 17 de octubre de 1953, que otorgó finalmente a las mujeres mexicanas el derecho a votar y ser votadas, representó no sólo la posibilidad de su participación plena en política, sino sobre todo, un profundo avance hacia un México más justo y equitativo.
Hombre y mujer, como seres humanos, tenemos una vocación natural a vivir en sociedad; desde que nacemos llegamos al menos a los brazos de una madre y formamos parte de inmediato, de una pequeña o a veces no tan pequeña sociedad que es la familia y, simultáneamente y sin darnos cuenta, nos insertamos a grupos sociales mayores como lo son la ciudad y el país.
En nuestro desarrollo individual, nos percatamos que necesitamos integrarnos adecuadamente a la sociedad de la que formamos parte, y, a su vez comprobamos, que este desarrollo será mayor en la medida que seamos capaces de generar una sociedad más sana y más ordenada que sostenga y potencialice todas nuestras actividades humanas.
Por el contrario, el descuido o debilitamiento social, afecta necesariamente nuestro desarrollo individual, como sucede desafortunadamente en estos tiempos.
Por esto, surge de manera natural y no como una creación, la actividad política como deber ético de todo miembro de una comunidad que, por el solo hecho formar parte de ella, está obligado a contribuir de manera permanente al bien común, al “bien de la ciudad”.
Por estas razones, el otorgamiento pleno del voto a las mujeres, implica el reconocimiento a su naturaleza y dignidad como persona, a sus necesidades de realización personal y a su derecho natural para contribuir activamente al bien de su comunidad y lograr las condiciones necesarias tanto materiales, culturales y jurídicas que requiere, en igualdad de condiciones que el hombre.
Hoy, a 56 años de esta conquista, con el reconocimiento pleno de nuestros derechos políticos, integradas en casi todos los ámbitos de la sociedad mexicana, y principalmente, por el hecho de que somos una clara mayoría social que puede influir y decidir prácticamente en todo, tenemos la más alta responsabilidad en estos tiempos difíciles y ante retos como la impunidad, la pobreza, la violencia y otros propios de nuestro género como la discriminación laboral, de aportar con determinación y generosidad nuestras ideas, trabajo, liderazgo y capacidades para el mismo objetivo de entonces: el de construir una sociedad más humana y más justa.
La pregunta para cada una de nosotras es: ¿Lo estamos haciendo?
http://impreso.milenio.com/node/8660879
Hombre y mujer, como seres humanos, tenemos una vocación natural a vivir en sociedad; desde que nacemos llegamos al menos a los brazos de una madre y formamos parte de inmediato, de una pequeña o a veces no tan pequeña sociedad que es la familia y, simultáneamente y sin darnos cuenta, nos insertamos a grupos sociales mayores como lo son la ciudad y el país.
En nuestro desarrollo individual, nos percatamos que necesitamos integrarnos adecuadamente a la sociedad de la que formamos parte, y, a su vez comprobamos, que este desarrollo será mayor en la medida que seamos capaces de generar una sociedad más sana y más ordenada que sostenga y potencialice todas nuestras actividades humanas.
Por el contrario, el descuido o debilitamiento social, afecta necesariamente nuestro desarrollo individual, como sucede desafortunadamente en estos tiempos.
Por esto, surge de manera natural y no como una creación, la actividad política como deber ético de todo miembro de una comunidad que, por el solo hecho formar parte de ella, está obligado a contribuir de manera permanente al bien común, al “bien de la ciudad”.
Por estas razones, el otorgamiento pleno del voto a las mujeres, implica el reconocimiento a su naturaleza y dignidad como persona, a sus necesidades de realización personal y a su derecho natural para contribuir activamente al bien de su comunidad y lograr las condiciones necesarias tanto materiales, culturales y jurídicas que requiere, en igualdad de condiciones que el hombre.
Hoy, a 56 años de esta conquista, con el reconocimiento pleno de nuestros derechos políticos, integradas en casi todos los ámbitos de la sociedad mexicana, y principalmente, por el hecho de que somos una clara mayoría social que puede influir y decidir prácticamente en todo, tenemos la más alta responsabilidad en estos tiempos difíciles y ante retos como la impunidad, la pobreza, la violencia y otros propios de nuestro género como la discriminación laboral, de aportar con determinación y generosidad nuestras ideas, trabajo, liderazgo y capacidades para el mismo objetivo de entonces: el de construir una sociedad más humana y más justa.
La pregunta para cada una de nosotras es: ¿Lo estamos haciendo?
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jueves, 1 de octubre de 2009
Carlos Abascal: En Tampico dejó huella e inspiró.
Al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento, quiero compartir parte del legado en testimonio y pensamiento que nos dejó, no sólo como una manera de rendirle tributo a quien lo merece, sino especialmente porque en estos tiempos de desánimo, por las dificultades económicas y sociales que percibimos, considero que puede brindarnos un camino esperanzador, que nos permita tener la certeza de que pese a todo, vale la pena entregarse al servicio del bien común, ese en el que se ama a las personas sirviéndolas, buscando su bien.
Muchos tampiqueños tuvimos la fortuna de conocerlo y gozar de su siempre amable, sencillo y cálido trato, y algunos, de ser testigos de su entrega generosa y desinteresada a los demás, incluso en casos muy concretos que se le planteaban.
En su última visita a Tampico, el 5 de julio de 2007, nos entregó una magna conferencia sobre participación ciudadana en la que dijo de muy buen humor al inicio de su charla ¡Hay que despertar! y nos recordó que la responsabilidad de la población va más allá del simple sufragio el día de las elecciones: “Los ciudadanos deben dejar de ser habitantes para convertirse en actores fundamentales de la sociedad”.
Allí afirmó que el reto que enfrentamos en nuestra zona conurbada es ser ciudadanos que participemos activamente en las tareas políticas y exijamos a los gobernantes que rindan cuentas de su desempeño, para evitar tener malas administraciones que no respondan a las expectativas de la gente.
Cada una de sus palabras calaba profundo no sólo por la pasión que les infundía, sino porque iban empujadas por su testimonio de servicio y de congruencia ya muy reconocidos en su trayectoria empresarial y en la función pública.
El 26 de Noviembre de 2008, unos días antes de su partida, fue reconocido con el grado de doctor Honoris Causa por la Universidad Anáhuac México Sur, ceremonia a la que asistimos algunos tampiqueños y pudimos presenciar que aún tan enfermo, con cada una de sus acciones nos brindaba un mensaje de amor, entrega y generosidad; al llegar al recinto, pese a su debilidad, quiso entrar por su propio pie; teniendo un material en video de apoyo por si su salud no le permitía hablar, quiso dar su mensaje de viva voz con la pasión y sensibilidad de siempre, hablándole especialmente a los jóvenes.
Allí daba su testimonio de vida diciendo: “Yo estoy hecho de amor de Dios. Yo creo que todos estamos hechos de amor de Dios, sólo que la diferencia entre los hombres es que algunos se dan cuenta y otros no”. Y definió: El Amor es servicio.
Explicó que llamados a transformar el mundo, nacemos con dos sellos distintivos: nuestra dignidad y nuestra vocación social, la cual no puede ser realizada por nadie más.
Al escuchar esto último, recordé lo que alguna vez me dijo en una conversación telefónica en la que yo me quejaba, como ahora lo hacen muchos de los mexicanos, de la ineficacia de instituciones, de la corrupción de funcionarios y de ciudadanos, de la violencia, etc. y después de escucharme me dijo con firmeza y autoridad: No te puedes desanimar, México te necesita; a ti te corresponde hacer tu parte, lo demás ya no te toca, pero tu parte nadie más la puede hacer por ti.
Ahora estoy convencida de que el antídoto contra el desánimo que priva en este momento, es sin duda decidirnos a hacer con valentía y determinación sólo la parte que nos toca e invitar a los demás que hagan lo que les corresponde.
Y que mejor ejemplo a seguir en estos tiempos difíciles que el testimonio de vida de Carlos Abascal que siempre hizo hasta el último momento su parte.
Gracias por todo Carlos.
http://impreso.milenio.com/node/8681623
Muchos tampiqueños tuvimos la fortuna de conocerlo y gozar de su siempre amable, sencillo y cálido trato, y algunos, de ser testigos de su entrega generosa y desinteresada a los demás, incluso en casos muy concretos que se le planteaban.
En su última visita a Tampico, el 5 de julio de 2007, nos entregó una magna conferencia sobre participación ciudadana en la que dijo de muy buen humor al inicio de su charla ¡Hay que despertar! y nos recordó que la responsabilidad de la población va más allá del simple sufragio el día de las elecciones: “Los ciudadanos deben dejar de ser habitantes para convertirse en actores fundamentales de la sociedad”.
Allí afirmó que el reto que enfrentamos en nuestra zona conurbada es ser ciudadanos que participemos activamente en las tareas políticas y exijamos a los gobernantes que rindan cuentas de su desempeño, para evitar tener malas administraciones que no respondan a las expectativas de la gente.
Cada una de sus palabras calaba profundo no sólo por la pasión que les infundía, sino porque iban empujadas por su testimonio de servicio y de congruencia ya muy reconocidos en su trayectoria empresarial y en la función pública.
El 26 de Noviembre de 2008, unos días antes de su partida, fue reconocido con el grado de doctor Honoris Causa por la Universidad Anáhuac México Sur, ceremonia a la que asistimos algunos tampiqueños y pudimos presenciar que aún tan enfermo, con cada una de sus acciones nos brindaba un mensaje de amor, entrega y generosidad; al llegar al recinto, pese a su debilidad, quiso entrar por su propio pie; teniendo un material en video de apoyo por si su salud no le permitía hablar, quiso dar su mensaje de viva voz con la pasión y sensibilidad de siempre, hablándole especialmente a los jóvenes.
Allí daba su testimonio de vida diciendo: “Yo estoy hecho de amor de Dios. Yo creo que todos estamos hechos de amor de Dios, sólo que la diferencia entre los hombres es que algunos se dan cuenta y otros no”. Y definió: El Amor es servicio.
Explicó que llamados a transformar el mundo, nacemos con dos sellos distintivos: nuestra dignidad y nuestra vocación social, la cual no puede ser realizada por nadie más.
Al escuchar esto último, recordé lo que alguna vez me dijo en una conversación telefónica en la que yo me quejaba, como ahora lo hacen muchos de los mexicanos, de la ineficacia de instituciones, de la corrupción de funcionarios y de ciudadanos, de la violencia, etc. y después de escucharme me dijo con firmeza y autoridad: No te puedes desanimar, México te necesita; a ti te corresponde hacer tu parte, lo demás ya no te toca, pero tu parte nadie más la puede hacer por ti.
Ahora estoy convencida de que el antídoto contra el desánimo que priva en este momento, es sin duda decidirnos a hacer con valentía y determinación sólo la parte que nos toca e invitar a los demás que hagan lo que les corresponde.
Y que mejor ejemplo a seguir en estos tiempos difíciles que el testimonio de vida de Carlos Abascal que siempre hizo hasta el último momento su parte.
Gracias por todo Carlos.
http://impreso.milenio.com/node/8681623
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