Al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento, quiero compartir parte del legado en testimonio y pensamiento que nos dejó, no sólo como una manera de rendirle tributo a quien lo merece, sino especialmente porque en estos tiempos de desánimo, por las dificultades económicas y sociales que percibimos, considero que puede brindarnos un camino esperanzador, que nos permita tener la certeza de que pese a todo, vale la pena entregarse al servicio del bien común, ese en el que se ama a las personas sirviéndolas, buscando su bien.
Muchos tampiqueños tuvimos la fortuna de conocerlo y gozar de su siempre amable, sencillo y cálido trato, y algunos, de ser testigos de su entrega generosa y desinteresada a los demás, incluso en casos muy concretos que se le planteaban.
En su última visita a Tampico, el 5 de julio de 2007, nos entregó una magna conferencia sobre participación ciudadana en la que dijo de muy buen humor al inicio de su charla ¡Hay que despertar! y nos recordó que la responsabilidad de la población va más allá del simple sufragio el día de las elecciones: “Los ciudadanos deben dejar de ser habitantes para convertirse en actores fundamentales de la sociedad”.
Allí afirmó que el reto que enfrentamos en nuestra zona conurbada es ser ciudadanos que participemos activamente en las tareas políticas y exijamos a los gobernantes que rindan cuentas de su desempeño, para evitar tener malas administraciones que no respondan a las expectativas de la gente.
Cada una de sus palabras calaba profundo no sólo por la pasión que les infundía, sino porque iban empujadas por su testimonio de servicio y de congruencia ya muy reconocidos en su trayectoria empresarial y en la función pública.
El 26 de Noviembre de 2008, unos días antes de su partida, fue reconocido con el grado de doctor Honoris Causa por la Universidad Anáhuac México Sur, ceremonia a la que asistimos algunos tampiqueños y pudimos presenciar que aún tan enfermo, con cada una de sus acciones nos brindaba un mensaje de amor, entrega y generosidad; al llegar al recinto, pese a su debilidad, quiso entrar por su propio pie; teniendo un material en video de apoyo por si su salud no le permitía hablar, quiso dar su mensaje de viva voz con la pasión y sensibilidad de siempre, hablándole especialmente a los jóvenes.
Allí daba su testimonio de vida diciendo: “Yo estoy hecho de amor de Dios. Yo creo que todos estamos hechos de amor de Dios, sólo que la diferencia entre los hombres es que algunos se dan cuenta y otros no”. Y definió: El Amor es servicio.
Explicó que llamados a transformar el mundo, nacemos con dos sellos distintivos: nuestra dignidad y nuestra vocación social, la cual no puede ser realizada por nadie más.
Al escuchar esto último, recordé lo que alguna vez me dijo en una conversación telefónica en la que yo me quejaba, como ahora lo hacen muchos de los mexicanos, de la ineficacia de instituciones, de la corrupción de funcionarios y de ciudadanos, de la violencia, etc. y después de escucharme me dijo con firmeza y autoridad: No te puedes desanimar, México te necesita; a ti te corresponde hacer tu parte, lo demás ya no te toca, pero tu parte nadie más la puede hacer por ti.
Ahora estoy convencida de que el antídoto contra el desánimo que priva en este momento, es sin duda decidirnos a hacer con valentía y determinación sólo la parte que nos toca e invitar a los demás que hagan lo que les corresponde.
Y que mejor ejemplo a seguir en estos tiempos difíciles que el testimonio de vida de Carlos Abascal que siempre hizo hasta el último momento su parte.
Gracias por todo Carlos.
http://impreso.milenio.com/node/8681623
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