Fue en 1887 que Lord Acton, noble historiador católico británico acuñó la célebre frase de que “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
En México hemos adoptado en ese mismo sentido, como paradigma, el creer que “el poder corrompe” y que por lo tanto no hay escapatoria ante ello: el que tiene poder, se corrompe.
Así de simple, como si se tratara de una enfermedad de la que de “alguna forma” te contagias, tratamos de explicar la corrupción bastante generalizada que padecemos y por ello desatendemos nuestro propio comportamiento, así como los esfuerzos que algunos realizan para actuar en el ámbito del poder con honestidad y vocación de servicio.
Gran parte de la sociedad está convencida de que tarde o temprano sucumbirán los que van contra esa corriente corruptora y por desgracia tal vez lo hagan, pero no precisamente porque el poder tenga esa capacidad, sino por falta de formación y de una visión clara de lo que queremos ser.
Cada día es más evidente que carecemos como sociedad de una formación sólida a nivel básico de valores fundamentales como la honestidad, el respeto, la responsabilidad, la dignidad y la cultura del esfuerzo, entre otros, que impide la correcta valoración de testimonios positivos, pero sobre todo el comprometer nuestro actuar en esa misma ruta.
También sucede que no hemos sido capaces hasta ahora, de crear un nuevo paradigma con base en los valores fundamentales antes citados que nos lleve a pensar de manera diferente para hacer las cosas de manera diferente; tener la convicción de que si actuamos con honestidad y profesionalismo en nuestra vida diaria, con la suma de cada uno, tendremos necesariamente una mejor sociedad para disfrutar.
Al respecto, Don Carlos Abascal abordó el tema en una de sus frecuentes charlas formativas y sentenció con firmeza:
“Es muy cómodo decir que el poder corrompe, porque entonces la responsabilidad del político se diluye. No, la verdad es que quien se corrompe es el político.
El poder es moralmente neutro: no es bueno ni malo, puede usarse para bien o para mal.
El reto del ejercicio del poder es primero entender que es un medio, no un fin en sí mismo. Quien considera la conquista del poder político como un fin en sí mismo, va a corromperse, porque para conservar y acrecentar el poder será capaz de hacer “lo que sea necesario”.
El segundo reto del poder en cualquier persona, porque todas tenemos poder en algún sentido, consiste en entender que hay que usarlo para bien de los demás, porque quién asume una posición de responsabilidad por encima de los demás, en realidad debe usar el poder para estar por debajo de los demás poniendo el poder al servicio del bien común.
En tercer lugar, se necesita realizar una serie de acciones que deben ayudar al político a mantener los pies en el suelo y la cabeza en el cielo. Tiene que ver con no aceptar la adulación; tener equilibrio en la vida emocional, con familias estables y afectos bien desarrollados; una constante vida de estudio, análisis, conocimiento de las necesidades de los seres humanos y del ser humano en sí mismo.
Tener una visión trascendente es vital para el político, porque si no, el poder se convierte fácilmente en fin y ¿con cuánto poder se satisface un poderoso?
Ya hemos visto que cuando un poderoso quiere más poder no hay límite; nunca lo escucharemos decir, ya con esto me doy por bien servido. Es como los ricos, ¿con cuántos millones de dólares estoy feliz? No hay límite…cuando tiene 100 quiere 200, cuando llega a 200 entonces quiere 1000…. Así, el poder es exactamente lo mismo.
En cambio, cuando el político sabe que el poder es medio, que es neutro, que es para el servicio de los demás, nunca aferrándose al poder y siempre usándolo para servir, entonces ese político con visión trascendente tiene más posibilidades.
Nadie puede afirmar que ya superó las seducciones del poder; debe existir una disciplina permanente de revisión de nuestra actitud frente al ejercicio del poder para ponerlo siempre, al servicio de los demás.”
In Memoriam:
El próximo 2 de diciembre se cumplirá el segundo aniversario del fallecimiento de Don Carlos María Abascal Carranza, quien nos legó un testimonio de vida ejemplar, de constante formación y de entrega en el servicio a los demás, así como un pensamiento brillante y claro, expresado en diversos temas en torno a los derechos fundamentales del ser humano, su dignidad y su trascendencia.
Por ello consideré el compartir hoy parte de ese pensamiento a manera de tributo a quien lo merece, pero sobre todo convencida de puede alimentar la mente y el espíritu de cada uno de nosotros para motivarnos a incidir con nuestra conducta diaria y desde cualquier trinchera en que nos encontremos a superar los tiempos de evidente decadencia social que vivimos.
¡Gracias Carlos!
http://impreso.milenio.com/node/8872317
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