domingo, 17 de abril de 2011

¿México es bipolar?

Los mexicanos vivimos en un país de contrastes.

Por una parte tenemos como nación, una posición geográficamente estratégica en el orbe; contamos con enormes fronteras –tan sólo más de tres mil kilómetros con EUA como economía más grande del mundo- que permiten un importante y permanente intercambio comercial en más de 50 puntos de acceso; disfrutamos de un amplio litoral –11 mil kilómetros- en los océanos Pacífico y Atlántico y un vasto territorio de 2 millones de kilómetros cuadrados, entre otras muchas fortalezas.

También gozamos en México de una envidiable riqueza natural; petróleo; biodiversidad con variados climas, flora, fauna, minerales; un vasto tesoro cultural e histórico con sus expresiones religiosas, gastronómicas, musicales, arqueológicas, y mucho más.

De su población bastaría resaltar que además de que supera los 100 millones de personas, en su mayoría la integra gente joven.

Estas reconocidas fortalezas y un manejo responsable de las finanzas públicas, sobre todo en la última década, entre otras cosas, han permitido lograr una vigorosa macroeconomía que recientemente fue exaltada ante medios de comunicación por la ex tesorera de Estados Unidos, Rosario Marín al expresar que la situación económica en México está mejor que la de aquel vecino país del norte, dando como ejemplo de ello que “a nivel macro, México tiene 5% de tasa de desempleo abierto y en Estados Unidos hay una tasa de desempleo de 10% ….”.

En contraste de todo lo antes expresado, persiste en nuestra patria una enorme desigualdad que genera, al mismo tiempo, muchos de los hombres más ricos del mundo y un amplio sector de mexicanos que sufren de pobreza, no sólo patrimonial, sino también alimentaria.

Adicionalmente en la actualidad, nos aqueja a la inmensa mayoría de los mexicanos, un dramático cambio en nuestra calidad de vida especialmente propiciada por la creciente inseguridad que ha derivado en el paulatino debilitamiento de las instituciones públicas.

Estos cambios positivos y negativos –de contrastes- que experimentamos, demandan de los ciudadanos y de la sociedad toda, un cambio de comportamiento para aprovechar nuestras fortalezas y hacer frente a nuestros problemas, el cual debe tener como razón fundamental lo que conocemos con el término de “responsabilidad social” que implica un compromiso ético de los miembros de la sociedad con el bienestar de la misma, por el sólo hecho de formar parte de ella.

El deber ético que tenemos para con la sociedad, es de efectos totalmente prácticos si consideramos que cada uno de quienes la integramos somos agentes reales de cambio y, nuestra actividad cotidiana, impacta de manera directa o indirecta al entorno que nos rodea.

Por ello, si percibimos la urgente necesidad de mejorar en varios aspectos a nuestro querido México, debemos reflexionar profundamente sobre nuestros deberes y nuestras capacidades y dejar de ocupar el valioso tiempo del que disponemos sólo en el análisis, la crítica o peor aún, en la indiferencia.

Ese cambio propio hacia la responsabilidad social, puede verse reflejado para mejor comprensión, en las siguientes consignas:

Lo que pasa en mi comunidad (pobreza, marginación, desastres naturales, inseguridad, desempleo, etc.) me afecta; por ello, debo pasar del individualismo (preocuparme sólo por mí y por mi bienestar) a la responsabilidad social (buscar soluciones y participar en el bien común).

El dolor ajeno es importante; debo pasar del “sálvese quien pueda” a la “solidaridad”.

El orden y respeto nos beneficia a todos; debo pasar del “agandalle” al respeto de las reglas de convivencia y derechos de los demás.

Las instituciones públicas están creadas para el bien de la sociedad; debo pasar de la apatía cívica a conocer su funcionamiento y exigirles resultados mediante la rendición de cuentas.

El votar sirve para elegir a los representantes que tendrán que trabajar para nuestro beneficio; debo pasar del “voto como fin” en donde ejerzo el voto y termina ahí la democracia, al “voto como medio” o “voto responsable” en donde ejerzo el voto y es ahí donde apenas inicia la representación para darme resultados.

La corrupción es un cáncer que destruye lo que penetra; debo pasar de las conductas deshonestas a la práctica de la honestidad en la vida diaria y a la exigencia del ejercicio honesto del poder público.

La preparación es la base del éxito; debo pasar del “ahí se va”, a la constante formación para ser más eficaz en mi familia, trabajo y como ciudadano de tiempo completo.

Bien lo dijo el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Somos lo que hacemos, pero somos, principalmente, lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Hoy nos toca a los mexicanos, actuar con responsabilidad social para cambiar el presente y poder entonces, tener un mejor futuro.

¿Lo haremos?

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