Llegas a mí, inmenso y poderoso,
con luz de luna te acercas delirante;
sentirte cerca, veneno embriagante
que reclama mi cuerpo tembloroso.
¡Piedad, piedad!, grita mi alma,
ocultando celosa un corazón rendido
por la espera de tu beso prometido,
que nace sin rubor de madrugada.
Del laberinto de tu amor soy prisionera;
esclava de tu voz, tus ojos y tus manos
busco sedienta el fuego de tus labios
para saciarme en tu boca lisonjera.
Llegas a mí; ¡bendito seas!...
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