Cada día es más frecuente leer análisis, opiniones, críticas y propuestas sobre la profundidad, logros, deficiencias, herramientas y retos de la democracia mexicana y sobre la necesidad de la participación ciudadana para mejorar nuestro entorno.
Esto ha permitido que los ciudadanos poco a poco estén haciendo suyo este tema fundamental de la vida pública de nuestro país y empiece, cotidianamente, a hablarse sobre democracia en los hogares, mesas de café, redes sociales, centros de trabajo, por citar algunos.
Sobre el tema, me pareció muy interesante el artículo de Luis Rubio –titulado “Pacto y democracia”- que fue publicado esta semana en el portal del Centro de Investigación para el Desarrollo, A.C. (CIDAC) que reflexiona sobre la transición mexicana del régimen que califica como “semi autoritario” prevaleciente durante más de 70 años, hacia un proceso con “formas democráticas” pero sin el contenido de una democracia.
En su análisis, Luis Rubio afirma atinadamente, que las elecciones aunque permiten ahora que las diversas fuerzas políticas estén representadas en los órganos legislativos, ello no necesariamente implica que la población se sienta representada ni que tengamos un sistema funcional de gobierno, afirmando que de la tensión entre estos dos factores –representatividad y efectividad- yace el corazón de la democracia.
En esa misma línea y sobre la urgente necesidad de pasar de una democracia formal a una de fondo, de resultados, la que escribe en este espacio, he publicado diversos análisis. Sin embargo, el que comento en esta oportunidad, ofrece un enfoque que permite mayor comprensión sobre la relación directa entre la existencia de un régimen de legalidad o “reglas claras y que se cumplan” y el comportamiento del ciudadano.
Luis Rubio nos dice en su artículo que: “la diferencia entre un sistema democrático y participativo y un sistema centralizado y autoritario es evidente. Pero la diferencia crucial, lo que me atrajo al argumento de este diplomático, reside en la forma contrastante en que se comporta el ciudadano. En un entorno democrático, el ciudadano asume su responsabilidad como factor central de funcionamiento del conjunto social, en tanto que en un sistema autoritario o, simplemente, no democrático, el ciudadano no asume responsabilidad alguna. Los ciudadanos responden a las reglas del juego. Cuando las reglas premian la legalidad y penalizan cualquier comportamiento que la viole, la ciudadanía se adapta y las adopta como suyas”.
Me parece que este punto de vista abona, por una parte, al tema de la necesidad de impulsar las reformas estructurales en materia de justicia, empoderamiento del ciudadano, educación, seguridad nacional, fiscal, transparencia y rendición de cuentas, entre otras, que mejoren el funcionamiento y eficacia de nuestras instituciones, y, por otra parte, al tema del ejercicio de una verdadera ciudadanía.
Sobre este último aspecto, la construcción de ciudadanía, parecería obvio decir que resulta vital en cualquier democracia; pero, aunque parezca increíble, los mexicanos no nos hemos dado cuenta que pese a contar con algunas herramientas e instituciones derivadas de nuestra transición hacia la democracia como el IFAI y el IFE, muchos ciudadanos mexicanos siguen comportándose como si continuaran viviendo bajo un régimen autoritario.
En lo personal, estoy convencida de que el avance hacia una cultura de legalidad, un verdadero estado de derecho, la modernización legislativa de nuestro sistema para adaptarlo a las necesidades que demanda una democracia efectiva, pasa sin duda, por la exigencia ciudadana de estas transformaciones; exigencia que surgirá cuando nuestro comportamiento ciudadano pase de la apatía que se formó durante el sometimiento a un sistema autoritario, a una ciudadanía responsable que sabe que las libertades individuales de que goza deben servir para lograr esos cambios.
Para tener una verdadera democracia en México, requerimos de mexicanos demócratas.
Bien decía Don Manuel Clouthier “Maquío”: “La democracia es como el amor, hay que hacerlo todos los días”.
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